Juan Vicente Lecuna, creador de música folklórica

Caracas, 1933-35.
Entrevista realizada a Juan Vicente Lecuna
por
Carlos Eduardo Frías
bajo el seudónimo de
Luis Carlos Fajardo.

-Después de los consabidos peninos pianísticos con las maestras domésticas vine a ser en la Academia de Música discípulo de piano de don Salvador Llamozas, honorable señor, caballero a carta cabal, bondadoso y afable, ganador de certámenes musicales y literarios de su época, de la cual es uno de los más conspicuos representantes. En la clase de armonía me rebelé contra texto y sistema de enseñanza y me retiré al mes de clase. Terminé mi curso de piano con primer premio y mención honorífica en el concurso y salí de Venezuela hacia fines de la Gran Guerra dejando tras de mí un ambiente que olía a tarjeta postal, versos de Villaespesa, recitaciones al piano y margaritas y geranios waldteufeldianos. Eran ídolos en nuestra academia el buen Verdi, el Puccini, un tal Gottschalk y una tal Chaminade. La música venezolana que yo conocía para aquel entonces era la del Popule Meus de Lamas, la de los valses de Delgado Palacios, las Noches de Cumaná del Señor Llamozas, las Margaritas del señor Suárez y, de nombre, una ópera del señor Delgado Pardo, cuyo título me alarmó: "Venezuela ante el mundo". Mis pecadillos de aquellos días consistieron en algunas páginas para piano y tres o cuatro piezas de canto, letra de Verlaine y de Mikhael, que, para mi sobresalto, aún andan por ahí dispersas".
-El ronroneo del motor y la brisa que salta en remolinos dentro del automóvil, esmerilan la voz desafinada de Juan Vicente Lecuna. Sus frases, agudas y malignas, las apresamos al vuelo. El rostro exangüe de Lecuna, con su tono apagado, mate, acentúa aún más la brillantez de sus ojos pequeños y escudriñadores. Estamos frente a un artista de gran sensibilidad. Eso lo intuimos inmediatamente, traspuesto el umbral de la charla. La vida turbulenta y cosmopolita de Lecuna se transparenta en la inquietud de sus palabras, en la facilidad atropellada de la evocación. El pasado proyecta constantemente sus resplandores y potencia con sus múltiples sugerencias el fervor actual del artista. Lecuna, sin darse cuenta, utiliza en su labor de hoy ese rico arsenal de lo ya vivido y regustado que es siempre el semillero de donde surgen las creaciones límpidas, orientadas. Su modalidad musical, netamente venezolana, es firme y segura gracias a la profunda experiencia adquirida por este compositor nuestro en contacto con mundos distintos y distantes. Sin esa etapa previa, Lecuna no acertaría a expresar su nueva música, con la originalidad y el vigor con que lo hace. Pero continuemos escuchando la voz de Lecuna, a ratos cáustica, a ratos tierna:

-En New York encontré un ambiente musical extraordinario, debido a la inmigración de artistas y estudiantes europeos. Conocí allí a Elisabeth Kuipers, ilustre sucesora de su maestro Max Bruch en las cátedras de composición del Conservatorio de Berlín. Con ella estudié varios años, sometido primero a las disciplinas clásicas y luego a las disciplinas modernas. Abandoné el piano para dedicarme de llenos a aquellos estudios y tomé clases de violín y flauta para familiarizarme un poco con instrumentos de cuerda y de madera en la instrumentación. Trabé amistad con el ruso Kurt Schindler, director de la Schola Cantorum, donde oí por primera vez la formidable misa de Bach, que me impresionó enormemente. Estos recuerdos me llevan a la bohemia de Greenwich Village, que tenía por aquellos años un delicioso sabor montmartresco, en violento contraste con el hierro, la piedra y los dólares de la monstruosa ciudad. Bohemia exquisita… Noches de Black Cat y The Pirates; visitas a la casa de Edgar Poe; latinas oscuras, charlas de Frank  Harris, Huneker, Casella; Teresina Carreño, extraña y musical hija de Teresa, con su inmenso talento prisionero en paraísos artificiales. Georgette Leblanc, la musa del belga, encantadora, teatral y otoñal, con su magnífica voz de mezzo-soprano, admirable recitadora y causeuse, quien me acogía cordialmente en su casa, dilecto cenáculo de artistas: horas inolvidables en el saloncito exótico, al calor de la chimenea, Mallarmé en la voz cálida de Georgette y en los cristales de la ventana de la nieve callada.

"Tuve oportunidad de oir casi toda la obra de Stravinsky con él [como] conductor o de solista al piano; el estreno de Roi David de Honegger, la reposición de Pelléas et Melisande en la Opera y obras de Schönberg, Strauss, Ravel, de Falla, etc."

Juan Vicente Lecuna, sin ser precisamente humorista, ni tampoco un escéptico, gusta de la mordacidad.  Observamos en él cierta tendencia a lo caricaturesco cuando habla de personajes que han desfilado por su vida. Quizás en el fondo, Lecuna sea un profundo observador y por lo tanto experimenta una gran predilección  por pintar los personajes con el mayor verismo, subrayando deformidades, para comunicarle un gran relieve. En su música debe expresar el elemento venezolano con igual energía. Al menos tal cosa imagino, ya que mis conocimientos musicales, casi nulos, no me permiten emitir un juicio certero sobre el particular. Con su vasta experiencia, Lecuna se encuentra capacitado, por sus excelentes dotes de observador, para captar lo esencial de nuestro ritmos y aprovecharlos ampliamente en sus creaciones. Hasta la fecha sus composiciones venezolanas parecen haber despertado un verdadero interés en nuestro alto círculo musical, integrado por artistas exigentes y preparados. Oigamos ahora a Lecuna expresando la reacción sufrida en él, al contacto con nuestra realidad, tras prolongada ausencia:

-A mi regreso a Venezuela y oír de nuevo -tras larga ausencia- nuestros aires nacionales es cuando me he interesado verdaderamente por la composición, pues creo un venero rico, virgen y propio nuestra música. El ambiente ha cambiado completamente y hay un grupo – Sojo, Calcaño, Plaza, Moleiro- ocupado seriamente de nuestra música y un público mejor preparado. Tengo fe en la música venezolana y su porvenir. Creo que debemos inspirarnos en ella, la popular, descubrir su espíritu, fijar su sentido y elevarlo al rango del arte; vigilar siempre nuestra técnica: que la abolición de preceptos clásicos no sea por ignorancia o descuido, sino precisamente por lo contrario. Y bien enterrado ya el Romanticismo, creo que no hay peligro de contagio. Trabajo actualmente en dos piezas para piano y una para orquesta. Considero mi Criolla desnuda un ensayo de aprendizaje. El Baile de la Criolla vestida me gusta un poquito más y el Suburbio lo creo ya más logrado".

-¿…?

-¿Autores predilectos? Bach, Mozart, algo de los italianos antiguos, algo de los clavecinistas franceses, Debussy, Ravel, Stravinsky, Honegger, De Falla, y uno a quien menciono, no por los méritos que le atribuya como por los deberes que tengo para con él: yo mismo".

El entusiasmo de Lecuna en lo referente al porvenir de la música venezolana es sincero. Aún cuando no conoce bien la labor de nuestros actuales valores musicales, tiene mucha fe en ellos por su preocupada actitud y sus talentos. Nosotros también compartimos su entusiasmo y escuchándole interpretar al piano –Lecuna a más de compositor es un gran pianista- sus últimas composiciones pudimos constatar su amplio porvenir en el sector de la música Folklórica.
Suburbio, sobre todo, nos parece una realización de aliento.

Después de charlar largamente con Lecuna sobre música, le exigimos nos narrase alguna  de esas sabrosas anécdotas que él sabe contar con tanta gracia. He aquí una;

-Un recuerdo anecdótico para terminar: Hace algunos años que a Puerto Cabello, donde pasaba yo mis vacaciones, llegó un derrotado cuadro de ópera italiana compuesta de dos sopranos, un tenor, un barítono, un bajo, un corista y una corista. No tenían director de orquesta y buscaban uno para dar un par de funciones y poder seguir su Vía Crucis. Alguien les habló de mí y fui abordado por la angustiada trouppe. Yo al verles la facha me negué en redondo. Pero ellos reunieron un comité de damas, se valieron de mil subterfugios y tuve que acceder. Ante el comité puse mis dos condiciones: 1era, llenar el teatro, y 2nda, aplaudir a todo trance. Aceptadas las condiciones ante el asombro de los artistas, que vieron el cielo abierto, pues yo además hacía aquello por humorada y gratis, organicé la orquesta: un violín concertino, otro violín, contrabajo, flauta, clarinete, cornetín, trombón y redoblante. Este era un soldado, a quien hice las siguientes indicaciones: cuando cantara una sola voz debía limitarse a dar tímidos y espaciados golpecitos en el parche; en los dúos podía atreverse con suaves y breves redobles, y cuando oyera que todos cantaban y la orquesta sonaba fuerte podía lanzarse al redoblar frenético de las batallas, volviendo la página de vez en cuando, cosa muy propia, y sin perder mi cara, pues yo habría de tener una expresión de inefable beatitud o de ceñudo desagrado según él lo estuviera haciendo bien o mal. Debutaron con un Fausto sin mucho fausto. Mefistófeles  vestía unos elegantes pantalones de montar y un flamante manteo que yo conseguí clandestinamente. Al Doctor Fausto se le cayó la barba en el primer agudo y el coro de soldados lo formaron el corista y dos de la tramoya. Sin embargo, el éxito fue clamoroso. El público, que casi todo era claque amiga, nos hizo subir a escena al violín concertino y a mí, y allí, en medio de una estruendosa ovación, la prima-donna, Margarita bañada en sudor y lágrimas napolitanas, algo entrada en carnes y años, aunque empeñada en salirse de ellos, nos estampó sendos sonoros besos, mientras caía el telón y el público gritaba: ¡bis! ¡bis! De la veracidad de esta historia puede dar fe el violín concertino de aquella noche, mi amigo y pariente Pedro Vallenilla Echeverría. Yo mismo escribí para la prensa el juicio crítico de la función, muy favorable por cierto, cosa que valientemente confieso y que, por otra parte, todavía se acostumbra. Esta ha sido la única vez que he ejercido de crítico de arte en Venezuela, cuya población consta, según el último censo, como todos los sabemos, de dos y medio millones de críticos de arte. ¡No iba yo a ser el de menos!"

Lecuna nos acompaña a través del amplio parque de la mansión del señor Ludwig Hauck, cuya gentil hospitalidad nos ha hechos regustar aún estas cordiales horas, hasta la verja de entrada. El automóvil enfila entre pinos y a lo lejos aspan las manos por igual Lecuna, menudo y nervioso y el señor Hauck, corpulento y jovial. Ya han desaparecido. Ahora nos deslizamos entre verdes, aturdidos aún por ritmos fuertes y plenos de color de Suburbio la admirable creación de Lecuna…